
Hace unos días llegó una carta de la universidad para mí, a casa de mis padres. La abrí.
-¿Que es, hija?
- Pues nada mamá, que me invitan a la graduación en la Escuela.
-¡Ah, que bien!
¿Qué bien?. Pues sí, qué narices, hay que celebrarlo, ya vale de complejos absurdos y resquemores inútiles.
No conoceré a casi ninguno de mis compañeros y la gran mayoría serán mas jóvenes y tendrán esa expresión en la cara, mezcla entre ilusión y euforia que caracteriza a los novatos .Y a los que conozca, me preguntarán ¿y que haces ahora?. Pero no me importa, para el final del cóctel espero tener esa expresión en la cara...
La organización nos pide a los graduados la foto de la orla y otra de cuando teníamos cinco o seis años, que proyectarán a toda la audiencia cuando subamos solemnemente a recoger el título. Parece ser que para graduarse hay que pasar por alguna humillación que otra.
Tengo en la memoria grabados momentos inolvidables pasados en la escuela, y uno de ellos es la tarde en que nos hicimos las fotos para la orla, esa foto en la que aparecen las cabezas de mis verdaderos compañeros de promoción y la de algunos profesores también. Aquella tarde, una buena amiga acababa de perder el dinero recaudado para el viaje de “fin” de carrera y tenia un buen disgusto. La convencí para pintarle un poco los ojos y que no se notara tanto lo que había llorado. A la espera de retratarnos, nos quedamos en la puerta del aula donde se hacían las fotos viendo como desfilaban tan serios nuestros compañeros, y partiéndonos de risa, porque aquel día todos habían decidido peinarse demasiado. También vimos pasar a algún profesor bastante sorprendido de haber sido elegido por nosotros para que su cabeza velara por encima de las nuestras en la gran foto. No me extraña que se sorprendiera, pues para muchos era un hijo de puta y era consciente de ello, y es que había gente que pensaba que poniendo a los huesos les daría mas prestigio a su orla. Qué gilipollez.
El otro día saqué la foto del fondo del armario, y me pareció que ¡ha pasado tanto tiempo!. Aquel momento, o mejor dicho, aquel año, fué realmente “mi graduación”, porque a partir de entonces ya nada fue lo mismo. A partir de aquel curso, se acabó lo de faltar a las clases que me daba la gana, se acabo lo de tumbarse al sol en el arboreto para escuchar música y fumar porros, se acabaron los cafés y las risas en la pecera (sala de estudio acristalada), se acabaron los largos paseos desde la universidad hasta la Plaza de los Cubos o para ver tiendas de discos en el centro, se acabaron las cervezas en el Parque del Oeste, se acabó pensar en las musarañas. Se acabó la universidad.
Para “El Graduado”, Simon and Garfunkel escribieron una gran banda sonora, pero para la mía yo escogería , “I’m a Rock” perteneciente a su segundo LP “Sounds of Silence” (1965). Es, sencillamente exquisita.
-¿Que es, hija?
- Pues nada mamá, que me invitan a la graduación en la Escuela.
-¡Ah, que bien!
¿Qué bien?. Pues sí, qué narices, hay que celebrarlo, ya vale de complejos absurdos y resquemores inútiles.
No conoceré a casi ninguno de mis compañeros y la gran mayoría serán mas jóvenes y tendrán esa expresión en la cara, mezcla entre ilusión y euforia que caracteriza a los novatos .Y a los que conozca, me preguntarán ¿y que haces ahora?. Pero no me importa, para el final del cóctel espero tener esa expresión en la cara...
La organización nos pide a los graduados la foto de la orla y otra de cuando teníamos cinco o seis años, que proyectarán a toda la audiencia cuando subamos solemnemente a recoger el título. Parece ser que para graduarse hay que pasar por alguna humillación que otra.
Tengo en la memoria grabados momentos inolvidables pasados en la escuela, y uno de ellos es la tarde en que nos hicimos las fotos para la orla, esa foto en la que aparecen las cabezas de mis verdaderos compañeros de promoción y la de algunos profesores también. Aquella tarde, una buena amiga acababa de perder el dinero recaudado para el viaje de “fin” de carrera y tenia un buen disgusto. La convencí para pintarle un poco los ojos y que no se notara tanto lo que había llorado. A la espera de retratarnos, nos quedamos en la puerta del aula donde se hacían las fotos viendo como desfilaban tan serios nuestros compañeros, y partiéndonos de risa, porque aquel día todos habían decidido peinarse demasiado. También vimos pasar a algún profesor bastante sorprendido de haber sido elegido por nosotros para que su cabeza velara por encima de las nuestras en la gran foto. No me extraña que se sorprendiera, pues para muchos era un hijo de puta y era consciente de ello, y es que había gente que pensaba que poniendo a los huesos les daría mas prestigio a su orla. Qué gilipollez.
El otro día saqué la foto del fondo del armario, y me pareció que ¡ha pasado tanto tiempo!. Aquel momento, o mejor dicho, aquel año, fué realmente “mi graduación”, porque a partir de entonces ya nada fue lo mismo. A partir de aquel curso, se acabó lo de faltar a las clases que me daba la gana, se acabo lo de tumbarse al sol en el arboreto para escuchar música y fumar porros, se acabaron los cafés y las risas en la pecera (sala de estudio acristalada), se acabaron los largos paseos desde la universidad hasta la Plaza de los Cubos o para ver tiendas de discos en el centro, se acabaron las cervezas en el Parque del Oeste, se acabó pensar en las musarañas. Se acabó la universidad.
Para “El Graduado”, Simon and Garfunkel escribieron una gran banda sonora, pero para la mía yo escogería , “I’m a Rock” perteneciente a su segundo LP “Sounds of Silence” (1965). Es, sencillamente exquisita.

3 comentarios:
Esa canción mola mucho.
Hay que ver qué bien se te da esto del blog... Soy fan!
Vaya, gracias teleco pero tengo mucho mucho mucho que mejorar.
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